Por el Padre Christopher Calderón, S.J., Presidente de la Escuela Secundaria Cristo Rey Sacramento En…
Por qué la Presencia Sigue Siendo Importante Cuando no Podemos Solucionar Nada
Por Mary Ann Steutermann, Directora Ejecutiva de la Eficacia de la Misión en la Escuela Secundaria de la Asunción (Louisville, Kentucky)
Hace unos años, di una clase de preparación para la confirmación a alumnos de octavo grado en mi parroquia. Como es lógico, dediqué mucho tiempo a las obras de misericordia, no solo porque soy educadora de la Misericordia, sino también porque realmente quería que los niños comprendieran que iniciarse plenamente en la fe no significa solo «ser algo» (Católico). También significa «hacer algo» (Misericordia). Así que hice todo lo posible por enseñarles las obras de misericordia.
Como educadores, sabemos que a veces los niños retienen datos de forma superficial sin comprender plenamente el concepto, a pesar de nuestros mejores esfuerzos. Este era sin duda el caso de un niño que seguía citando incorrectamente «visitar a los sedientos» como una obra de misericordia corporal. La tercera vez que ocurrió, otro niño le dijo: «Vato, ¿por qué ibas a visitar a alguien que tiene sed? ¿Por qué no le das simplemente un vaso de agua?»
Siempre me ha parecido interesante cómo las primeras cuatro Obras Corporales de la Misericordia se diferencian de las otras tres. Cuando alimentas al hambriento, das de beber al sediento, das cobijo al que no tiene hogar y visitas al desnudo, satisfaces una necesidad concreta y física de esa persona. Pero con las otras tres, ¿qué necesidad se está satisfaciendo realmente?
Al visitar a los enfermos o a los encarcelados, no puedo curarlos ni liberarlos de forma concreta ni física. Cuando me vaya, seguirán tan enfermos y encerrados como cuando llegué. Al enterrar a los muertos, no puedo devolverles la vida. Después de dejar mis flores en la tumba, seguirán muertos. Entonces, si no puedo satisfacer sus necesidades inmediatas, ¿para qué molestarme?
Creo que la verdadera necesidad que hay que satisfacer tiene poco que ver con diagnósticos médicos, sentencias de prisión o trámites funerarios. La verdadera necesidad es ser visto/a.
Cuando paso tiempo con alguien que ha sufrido una lesión o me detengo en la funeraria después del trabajo, les estoy diciendo: «Te veo, y eres importante». Cuando me siento a tu lado en silencio, acompañando tu dolor, porque no sé qué decirte, te estoy diciendo sin palabras que tu sufrimiento no me alejará. Cuando te escucho describir la terrible injusticia que has tenido que soportar, te hago saber que tienes todo el derecho a sentirte herido y enfadado.
En cada caso, no arreglo absolutamente nada. No resuelvo ningún problema, ni alivio ninguna carga, ni mitigo ningún sufrimiento real. En cada caso, simplemente soy testigo/a de tu historia.
Quizás una de las mayores obras de misericordia sea simplemente ser testigo/a del dolor ajeno, no apartar la mirada cuando las cosas se ponen difíciles, estar presente incluso cuando no tenemos nada concreto que ofrecer.
Como educadores de la tradición de la Misericordia, estamos «impulsadas/os por la Misericordia» y cultivamos este valor fundamental en nuestros estudiantes. Como se afirma en nuestros Valores Fundamentales, «fomentamos un profundo sentido de conciencia social, empatía universal y un compromiso con la acción en un mundo interconectado». Estamos llamados a vivir el Evangelio a través de nuestras palabras y acciones; y, una forma importante de hacerlo en nuestra vida diaria es ser testigos del sufrimiento de los demás. No sé cómo funciona, pero de alguna manera misteriosa, testimoniar la experiencia de otra persona la convierte en algo sagrado.
Quizás no necesitemos «visitar al sediento», como sugirió mi alumno de preparación para la Confirmación. Pero ¿por qué no? Incluso si no tengo agua para darle, puedo estar presente. Puedo escuchar. Puedo acompañar a esa persona en su lucha a través de la oración. Puedo ser testigo/a. Y al hacerlo, puedo vivir la Misericordia.

